Una cena cara

Este mediodía fantaseaba con comerme un buen plato de tajadas maduritas con un vaso de leche bien frío, y lo último que imaginé es que al llegar a casa mi abuela me esperaría con una cena cara sin vino ni caviar.

Las tajadas son un recurso renovable de la gastronomía venezolana, es plátano frito con queso blanco rallado y nada más. Pero la desaparición del aceite de maíz hacen que aquella cosa deliciosa parezca uno de los platos más ostentosos del Le Meurice en París.

Lo que hace dos años era el contorno de la carne y el pollo en el almuerzo, hoy es el plato fuerte [ como el bolívar ] de una cena lujosa que cuesta el 20% de un sueldo mínimo. Comer tajadas era una cena rápida que no necesitaba más que la vuelta a la frutera más cercana y un aceite bien caliente, ahora necesitas invertir 3 días en cola para ir al mercado, la suerte de conseguir el aceite, la bendición de que llegue la leche a la panadería y por supuesto, el sueldo mínimo.

Hoy he cenado como la first class del Burj Al Arab y me aseguré de retratarlo porque no se en que punto de nuestra modernidad también se nos ocurra la brillante idea de dejar de sembrar.

 

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